Cuenta a tus amigos con los dedos de una mano.

“Señor, protégeme de mis amigos, que de mis enemigos me protejo yo mismo”. Voltaire.

Dicen que los amigos deben contarse con los dedos de una mano. Los seres humanos nos corrompemos con facilidad. El dinero, los lujos, la fama, una vida cómoda o un estatus social, suelen ser—tristemente—más importantes que la lealtad, los lazos, la amistad, la humildad, el honor y la sensatez.

Maquiavelo escribió: “Se puede decir de los hombres lo siguiente: son ingratos, volubles, simulan lo que son y disimulan lo que no son, huyen del peligro, están ávidos de ganancia; y mientras les haces favores son todos tuyos, te ofrecen la sangre, los bienes, la vida y los hijos cuando la necesidad está lejos; pero cuando ésta se te viene encima vuelven la cara. Los hombres olvidan con mayor rapidez la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio”.

Otro ejemplo lo encontramos en la Ley Nº 2 del libro “Las 48 leyes del poder”:

“A mediados del siglo IX a.C., un joven de nombre Miguel III ascendió al trono del Imperio Bizantino. Su madre, la emperatriz Teodora, había sido desterrada a un monasterio, y el amante de ella, Teoctistus, asesinado. La conspiración para destituir a Teodora y entronizar a Miguel había sido encabezada por el tío de éste, de nombre Bardas, un hombre sagaz y ambicioso. Miguel era un gobernante sin experiencia alguna, rodeado de intrigantes, asesinos y libertinos. En esos tiempos de peligro, se vio necesitado de alguien en quien poder confiar y que desempeñara  el papel de sincero consejero. Pensó de inmediato en Basilio, su mejor amigo. Basilio no tenía experiencia alguna en lo relativo a política y gobierno (era jefe de los establos reales), pero había demostrado, una y otra vez, su lealtad y su gratitud para Miguel”.

“Los dos hombres se habían conocido algunos años antes; en esa oportunidad, Miguel estaba visitando los establos, cuando un caballo salvaje se espantó y comenzó a correr sin control hacia donde él se hallaba. Basilio, joven jinete de Macedonia, salvó la vida de Miguel al controlar al caballo desbocado. La fuerza y el coraje del joven impresionaron de tal manera a Miguel, que de inmediato ascendió a Basilio de oscuro entrenador de caballos a la posición de jefe de las caballerizas reales. Colmó a su amigo de obsequios y favores, y ambos terminaron siendo inseparables. Basilio fue enviado a la mejor escuela de Bizancio y el tosco campesino se convirtió en un culto y agradable cortesano”.

“Nombrado emperador, Miguel necesitaba a su lado a alguien que le fuese absolutamente leal. ¿Quién mejor para confiarle el delicado puesto de chambelán y principal consejero, que el joven que le debía todo lo que había llegado a ser?”

“Basilio podría ser capacitado para su nuevo trabajo, y Miguel lo amaba como a un hermano. Ignorando el consejo de quienes le recomendaron a dar ese puesto a Bardas, mucho más apto, Miguel escogió como asistente a su amigo”.

“Basilio aprendió con facilidad y rapidez, y pronto estuvo en condiciones de asesorar al emperador sobre todos los asuntos de Estado. El único problema resultó ser el dinero, ya que Basilio nunca consideraba suficiente lo que se le pegaba. Al estar expuesto a los lujos y esplendores de la vida cortesana de Bizancio, se tornó avaro y ambicioso. Miguel duplicó y luego triplicó su salario, le otorgó un título de nobleza y lo casó con una de sus propias amantes, Eudocia Ingerina. Mantener satisfecho a su amigo y hombre de confianza bien valía el precio. Pero los problemas no terminaron allí. Bardas había pasado a ser jefe del ejército, y Basilio convenció a Miguel de que ese hombre era ilimitadamente ambicioso. Con la ilusión de poder controlar a su sobrino, Bardas había conspirado para ponerlo en el trono. Nada le impedía volver a conspirar, esta vez para deponer a Miguel y asumir él mismo el gobierno del imperio. Tanto hizo y dijo Basilio contra Bardas, que al fin Miguel decidió mandar asesinar a su tío. Durante una importante carrera de caballos, Basilio se acercó a Bardas en medio de la multitud y lo mato a puñaladas. Poco después, solicitó remplazarlo como jefe del ejército, a fin de ejercer mejor control sobre las fuerzas armadas y poder sofocar cualquier intento de rebelión…”

“El poder y la fortuna de Basilio fueron creciendo y, pocos años más tarde, Miguel—que se encontraba en apuros económicos debido a sus propios despilfarros—le pidió que le devolviera parte del dinero que Basilio había tomado prestado a lo largo de los años.  Para gran consternación del joven emperador, Basilio se negó con tanta firmeza y arrogancia que se dio cuenta de pronto del problema que enfrentaba: su ex jefe de establos había llegado a poseer más dinero, más aliados en el ejército y en el Senado y, por último, más poder que el propio emperador. Algunas semanas después, tras una noche de mucho beber, Miguel se despertó y se vio rodeado de soldados. Basilio contemplo la escena impávido, mientras sus hombres asesinaban al emperador a puñaladas. Después de autoproclamarse emperador, cabalgó por la calles de Bizancio llevando en triunfo, en la punta de una larga pica, la cabeza de su ex benefactor y mejor amigo” (Greene, 1997, pp. 38-39).

Y tú ¿Cuántos amigos tienes?, ¿En cuántos puedes confiar ciegamente?, ¿Compartes negocios con algunos de ellos? Con forme pasan los años, el número de nuestros amigos confiables se va reduciendo dramáticamente. Por supuesto—y afortunadamente—siempre hay una excepción a la regla, pero por lo general ese número lo podemos contar con los dedos de una mano.

José Manuel Guevara S.

Twitter: jmguevaras

Fuentes Consultadas:

Green, Robert. Las 48 leyes del poder. Ed. Atlántida 1998. México DF

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