La importancia del contacto social. El caso de Genie, la niña salvaje.

“El descubrimiento más importante de la neurociencia es que nuestro sistema neuronal está programado para conectar con los demás, ya que el mismo diseño del cerebro nos torna sociables, al establecer inexorablemente un vínculo intercerebral con las personas con las que nos relacionamos. Ese puente neuronal nos deja a merced del efecto que los demás provocan en nuestro cerebro y, a través de él, en nuestro cuerpo y viceversa” (Goleman, 2006).


En esta ocasión deseo compartirles este video que habla de Genie, una niña que fue forzada por sus padres a vivir “desconectada” de la sociedad. Durante años, Genie permaneció sentada en una silla, contemplo solo un poco más que las cuatro paredes de su habitación, nunca escucho una palabra de amor o una risa, no se le permitió expresarse verbalmente—y cada vez que lo intentaba, era silenciada a golpes—y peor aún, hasta antes de su rescate, la niña nunca recibió un abrazo o sintió una caricia.

En su obra “La inteligencia Social” Daniel Goleman dice que los humanos: “estamos fabricados, conectados para relacionarnos…Durante esos enlaces neurológicos, nuestros cerebros se entregan a una danza emocional, una danza de sentimientos” (Goleman, 2006, pp.6). El caso de Genie nos da un ejemplo de las repercusiones que sufriría cualquier individuo si es aislado sociablemente. Recibir un abrazo, un cariño, aprender a reconocer y devolver una sonrisa, contagiarse de una carcajada, experimentar un beso, un apretón de mano, cruzar miradas, percibir un aroma, escuchar una bella voz y platicar, entre muchas otras acciones, son fundamentales para nuestro correcto desarrollo social y emocional.

Desde mi particular punto de vista, este caso también nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre cómo vivimos en esta actualidad tecnológica.

“En la medida en que la ciencia pone de manifiesto la necesidad de las relaciones, éstas parecen hallarse cada vez más en peligro. Son muchos los rostros que hoy en día asume la corrosión social” (Goleman, 2006).

En la actualidad es bastante común encontrar personas que prefieren conectar con la música, con la computadora, con los videojuegos o que se aíslan socialmente obsesionándose con su trabajo. Por un lado esto es peligroso, los humanos necesitamos de una cuota de sentimientos y contacto social que la tecnología no nos puede dar: “no nos pueden abrazar o besar por internet”.

“Escuchemos las quejas de Rosie García, que trabaja atendiendo el mostrador del Hot & Crusty de la estación central de Nueva York, una de las panaderías más atareadas del mundo. Es tal la muchedumbre que a diario pasa por la estación que, durante la jornada laboral, siempre hay largas colas de clientes aguardando su turno
Son muchos, dice Rosie, los clientes que parecen estar completamente abstraídos, con la mirada extraviada y sin responder cuando les pregunta ¿En qué puedo servirle? ¿En qué puedo servirle? repite entonces Pero siguen silenciosos, mirando hacia ninguna parte.
Cada vez son más dice las personas que sólo prestan atención cuando les grito.9 Pero no es que los clientes de Rosie sean especialmente sordos, sino que sus oídos están taponados por los dos pequeños auriculares de un iPod. Están enfrascados y perdidos en alguna de las melodías de su lista de reproducción personalizada, desconectados de todo lo que ocurre a su alrededor y, lo que es más importante, desconectados también de las personas que les rodean.
Mucho antes del iPod, del walkman y del teléfono móvil, obviamente, también había gente que iba de un lado a otro ajena al ajetreo de la vida. Este proceso, se inició con el automóvil, que es una forma de atravesar un espacio público aislado dentro de un vehículo acristalado de una media tonelada aproximada de acero arrullado por el sonido de la radio. Las formas de viajar antes de que el automóvil se convirtiera en un lugar común, sin embargo desde ir caminando, a caballo o en una carreta tirada por bueyes obligaban a los viajeros a mantener un estrecho contacto con el mundo que les rodeaba.
El caparazón creado por los auriculares intensifica el aislamiento social. Esa desconexión proporciona una excusa perfecta no sólo para no reconocer a los demás como seres humanos, sino para no advertir siquiera su presencia y tratarlos como meros objetos. La vida de peatón nos brinda, al menos, la posibilidad de saludar a la persona con la que acabamos de cruzarnos o pasar unos minutos charlando con un amigo, pero quien está conectado a un iPod puede ignorar fácilmente a los demás y pasar junto a ellos sin mirarles siquiera” (Goleman, 2006).

José Manuel Guevara S.

Twitter: jmguevaras

Fuentes Consultadas:

Goleman, Daniel. La Inteligencia Social. Editorial Planeta 2006.

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